El acceso a mercados como la Unión Europea, Estados Unidos y Japón ya no depende solo de volumen y precio. Certificaciones ambientales, gestión de recursos naturales y respaldo científico se consolidan como variables económicas trascendentales, donde la biología cumple un rol estratégico en la sostenibilidad y rentabilidad de las exportaciones paraguayas.
Hoy, miércoles 11 de febrero, fecha en que se conmemora el Día In­ternacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, es también una oportunidad para hacerse una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué tan preparados están los países para transformar conocimiento científico en desarrollo económico sostenible? En Paraguay, una voz que articula esa discusión desde un lugar poco frecuente en el debate empresarial es la de la bióloga Rocío Fernández Medina, encargada de Programación y Jardines del Mu­seo de Ciencias del Paraguay (MuCi).
Nacida en Concepción y criada parcialmente en Ayolas durante la construcción de la represa de Ya­cyretá, Rocío creció observando cómo una megaobra transformaba humedales, bosques y comunidades. “Crecí viendo una megaobra dialo­gando -y muchas veces tensionando- con el río Paraná, los humedales y la biodiversidad”, recordó. Esa experiencia temprana marcó su mirada en cuanto a que desarrollo y natu­raleza no son fuerzas opuestas, sino sistemas interdependientes.
El cáñamo industrial emerge como una de las plataformas productivas con mayor potencial de la bioeconomía.
Su trayectoria refleja una realidad estructural del país en el que el talento científico está distribuido en todo el territorio, pero las oportunidades si­guen concentradas. “Necesitamos que más niñas se vean a sí mismas como científicas posibles. Paraguay necesita de su visión para enfrentar desafíos como el cambio climático y la pérdi­da de biodiversidad. Esto también es clave para las empresas que quieren competir globalmente”, afirmó.
Hoy, los mercados más exigen­tes -Unión Europea, Estados Uni­dos, Japón y Canadá- ya no evalúan solo precio o calidad física. Exigen trazabilidad ambiental, certifica­ciones, huella de carbono y manejo responsable de recursos. Sin respal­do científico, las empresas enfrentan barreras regulatorias y riesgo de exclusión de mercados premium.
Aquí, la biología deja de ser un valor simbólico para convertirse en un activo económico. “Los sistemas naturales tienen límites y si extrae­mos más de lo que se regenera, colap­san”, advirtió Rocío. La bioeconomía que describe incluye agroindustria regenerativa, biotecnología aplicada a suelos, bioinsumos, cosmética natu­ral, alimentos funcionales y aceites esenciales certificados.
El cáñamo industrial es un ejem­plo claro de crecimiento rápido; requiere menos agua y agroquími­cos y habilita múltiples cadenas de valor, desde textiles y bioplásticos hasta alimentos y materiales de construcción. “No es solo una planta, es una plataforma productiva”, sos­tuvo. Algo similar ocurre con el petit grain, aceite esencial de alta gama cuyo valor depende del conocimiento botánico, los métodos de extracción y la certificación científica.
El petit grain, aceite esencial de alta gama, requiere conocimiento botánico, trazabilidad y certificaciones internacionales para ingresar a los mercados más exigentes.
Gran parte de este valor ya existe en Paraguay -polinización, suelos vivos, control biológico- pero no se mide ni se comunica. Sin embar­go, en mercados sofisticados, estos servicios ecosistémicos son ventaja competitiva. Países como Alemania, Dinamarca, Países Bajos, Costa Rica o Brasil ya lo entendieron.
“Estamos sentados sobre un poten­cial biológico extraordinario y aún no hemos cuantificado plenamente su va­lor económico, científico y cultural”, concluyó.
El ka’a he’ẽ, planta nativa del Paraguay, combina biodiversidad, ciencia y valor exportable en una cadena que puede pasar de materia prima a producto diferenciado.