El arte fue la llave para abrir la ventana al mundo del maquillaje, en el que Fátima Peralta descubrió algo que nadie estaba mirando: las cejas. Hoy, 12 años después, los clientes se ven al espejo y se emocionan y vuelven al día siguiente con una amiga porque no pueden esperar a contarle. En 17 sucursales están transformando vidas, porque cuando ofrecen lo mejor, la calidad se sostiene sola.
Bar de Cejas nació de una búsque­da muy íntima. Soy artista plástica de corazón; crecí amando la pintura, pero el arte no me alcanzaba para sostener a mi familia”, relató Fátima Peralta, socia fundadora y creadora de protocolos estéticos de la firma.
Entonces optó por dedicarse al maquillaje. En ese lapso detectó un patrón que nadie veía y era que cada vez que maquillaba a alguien, se en­contraba con el mismo obstáculo: “ce­jas descuidadas. Y me preguntaba por qué nadie se ocupaba de ellas”, dijo.
Cada una de las 17 sucursales replica el mismo estándar de estética cuidada, protocolos precisos y una experiencia pensada para que el bienestar se sienta desde que se entra.
Y es que hasta ese entonces las cejas no eran industria, sino más bien eran consideradas un accesorio. Na­die hablaba de diseño y mucho menos de técnicas con hilo.
El obstáculo no fue técnico sino cultural, indicó Fátima. Encontró que lo más desafiante era contarle a la gente que las cejas merecían un espacio propio. Eso implicó crear des­de cero el concepto, la necesidad y la confianza. Ella no vendía un servicio, al contrario, mostraba una transfor­mación en vivo.
Las clientas acceden a un diseño de cejas con técnica de hilo: el momento donde el rostro se estudia antes de transformarse.
El punto de inflexión llegó en 2014 con su primer local en Los Laureles. “Abrimos con mucha ilusión y muy poca estructura, y los primeros clien­tes salieron tan felices que empezaron a recomendarlo a todos”, recordó con emoción. Reconoció, además, que el buen trabajo realizado corrió de boca en boca y se volvió una avalancha. “Tuvimos que mudarnos a un lugar más grande porque no dábamos abas­to”, reveló.
Entonces tomó la decisión que lo cambió todo. “Dejamos de ofrecer otras cosas y nos dedicamos exclu­sivamente a las cejas. Esa decisión marcó el rumbo”, dijo entre risas. Desde ahí, Bar de Cejas dejó de ser un servicio y se convirtió en sistema.
Detrás de cada diseño de cejas hay horas de formación técnica y sensibilidad estética.
“Cuidamos obsesivamente la formación del equipo, los protocolos, la estética, pero sobre todo el alma de Bar de Cejas”, comentó Fátima y explicó que esa “alma” era la forma de mirar. Porque el diseño no era depi­lación, sino interpretación. “Antes de tocar una sola pelusa, había un análisis del rostro: la simetría natural (que nunca es perfecta, y eso es her­moso), la expresión, el ángulo de los ojos, la forma de los pómulos, incluso la manera en que la persona sonríe”, precisó.
El cliente ve el resultado, no hace la lectura. “Una ceja bien diseñada respeta la anatomía y la personali­dad de quien la lleva”, afirmó Fátima, quien dejó entrever que el servicio no era el producto, que la experiencia lo era. “Nosotros escuchamos primero, miramos juntas el espejo”, explicó el proceso. Es así que el efecto va más allá de lo estético. “La gente viene por estética, pero lo que se lleva es autoes­tima”, garantizó.
Un aspecto a destacar es el plano de la experiencia -comentó- y explicó que la intención es profundizar el concepto de “bar” para que los clien­tes sientan que vienen a un espacio de bienestar, no a una silla de servicio.
En lo digital, reveló que están desarrollando herramientas para que reservar, consultar y mantenerse en contacto con su esteticista de con­fianza sea cada vez más fácil. “Pero por sobre todas las cosas, lo que viene es lo mismo que nos trajo hasta acá:amor por lo que hacemos, y el deseo profundo de que cada persona que entra a Bar de Cejas se vaya sintiéndo­se un poquito más linda y, sobre todo, más ella”, expresó.
Productos seleccionados con estándares profesionales que cuidan la piel y garantizan resultados duraderos.
Nunca nada fue estándar. “El rostro manda siempre, después la edad, luego la expresión. La persona­lidad y la moda es lo último”, indicó la emprendedora. Hoy día la tendencia migró hacia lo real, “la gente quiere cejas pobladas pero reales. La era de la ceja muy gráfica quedó atrás”, dijo.
También existe una línea ética innegociable. Sobre el microblading, fue clara: “Un profesional serio te tiene que decir cuándo sí y cuándo no, aunque eso signifique perder la venta”, reflexionó.
El crecimiento llegó sin negociar identidad. Hoy Bar de Cejas cuenta con 17 sucursales y casi un centenar de personas. “Hoy somos 17 sucursa­les, y cada una me sigue emocionando como la primera”, manifestó.
Para Fátima, el equipo es tan im­portante como la técnica: “Para mí, formar gente es tan importante como formar cejas. Estamos transformando vidas, también de quienes trabajan con nosotros”, reveló.