Carlos Giménez encara el 2026 con la convicción de producir más y mejor. Su gestión busca ampliar oportunidades y convertir la agricultura familiar en un verdadero motor de desarrollo nacional.
En Choré, el campo huele a tierra húmeda tras la lluvia, a algodón recién cosechado, a tabaco secándose al sol. Ese paisaje es un recuerdo indeleble en la vida de Carlos Giménez, actual minis­tro de Agricultura y Ganadería quien, antes de ocupar una de las carteras más estratégicas del Estado, fue niño del interior, hijo de acopiador, testigo en primera persona de los ciclos duros y esperanzadores del campo paraguayo.
Después de 70 años, Paraguay volvió a exportar tomates a la Argentina.
“Crecí trabajando, comprando productos, en el famoso almacén campaña”, recordó con emoción. Su padre acopiaba algodón y tabaco, y ese pequeño comercio era una escuela de vida. Allí aprendió algo que hoy define su gestión y es que detrás de cada bolsa de producción hay una familia, una historia, una expectativa que muchas veces no cierra a fin de año.
Esa imagen de productores ma­drugando, recorriendo caminos para vender su cosecha a precios injustos se le quedó grabada. “Por entonces prometí que, si tenía la oportunidad de acompañar al sector más vulnerable, lo haría con mucha entrega”, reveló. Y así lo hizo desde que asumió el cargo.
El 80 % de los alimentos nacionales consumidos en Paraguay provienen hoy de la agricultura familiar, un hito histórico para el país.
Empatía que gobierna. El ministro señaló que la agricultura siempre de­pendió del clima, de los precios interna­cionales, de una productividad muchas veces limitada por suelos empobrecidos y falta de tecnología.
“La agricultura familiar tiene una realidad económica compleja, con falta de conocimiento y acceso restringido a oportunidades”, explicó. Por eso, cuan­do hoy habla de políticas públicas, no lo hace desde el escritorio, sino desde la memoria.
Esa empatía es la que hoy guía su vi­sión, la de un Paraguay donde el creci­miento agrícola no sea solo macroeco­nómico, sino también humano. “Hay un sector que crece, pero hay muchas familias que no pueden desarrollarse por falta de conocimiento y tecnología. Eso hay que corregir”, sostuvo.
Empieza a cambiar historias. Desde el Ministerio, Carlos impulsó un cambio de enfoque basado en menos asistencialismo y más productividad. Los números respaldan esa decisión, pues en 2025, la agricultura fami­liar aumentó 26 % su productividad, mientras que la agricultura paraguaya creció 5,1 %, con fuerte impacto en pequeños productores.
Hoy, el 80 % de los productos nacio­nales que se consumen en Paraguay provienen de la agricultura familiar, un hito histórico. El caso del tomate se volvió un gran ejemplo, ya que durante 11 meses del año la demanda fue cu­bierta con producción nacional, estabi­lizando precios y generando ingresos.
“Cuando hay oferta constante, ganan el productor y el consumidor”, afirmó. Y es que él sabe que la estabi­lización de precios no solo protege a las familias rurales, sino también a los hogares urbanos.
La agricultura familiar empieza a conquistar mercados internacionales, mientras nuevos productos con alto potencial exportador se abren paso en el campo paraguayo.
Conquistar con calidad. “Hoy no basta con producir más, hay que producir mejor”, señaló. De allí que el foco de su gestión está puesto en la excelencia, en la certificación, la planificación y la implementación de tecnología.
De hecho, una de las apuestas más innovadoras fue la digitalización. Hoy técnicos del MAG utilizan herramien­tas tecnológicas para georreferenciar fincas, medir productividad y mejo­rar la asistencia. Además, se lanzó la plataforma Mercado Digital de la Agricultura Familiar (MDAF), gratui­ta y abierta, que permite vender sin intermediarios.
“En apenas un mes, ya estamos viendo un impacto económico impor­tante en muchas familias”, destacó. Más de 45 organizaciones participan y cada día se suman productores indivi­duales. Es tecnología puesta al servi­cio de la dignidad.
Exportaciones. Después de 70 años, Paraguay volvió a exportar tomate a la Argentina. También se reactivó el ajo, un rubro donde el 95 % del consumo era importado. Chía, ba­nana, piña, frutas tropicales del norte, dátiles en el Chaco, arándanos y otros cultivos no tradicionales aparecen como nuevas oportunidades.
“Queremos que la agricultura deje de ser subsistencia y se convierta en agronegocio”, insistió.
Presupuesto y eficiencia. El titular del MAG indicó que el Ministerio sufrió una reducción histórica en los últimos 15 años, pero aun así mostró resultados y agradeció el leve repunte presupuestario para 2026 pues, para él, es un voto de confianza. “Cuando hay resultados, vuelve la confianza del Ejecutivo”. Hoy su meta es recuperar capacidad para que la agricultura fa­miliar también exporte y se posicione.
Ante el cambio climático y la lle­gada de La Niña, el Ministerio activó sistemas de alerta temprana agrome­teorológica. La prioridad para 2026 es la previsibilidad, esto significa pro­ducir más meses del año, almacenar, conservar y reducir importaciones que hoy representan USD 120 millones en productos como tomate, papa, cebolla y locote.
“Una agricultura sostenible es la mejor garantía de precios justos”, enfatizó.
Orgullo, identidad y futuro. Cuan­do el ministro camina por una feria, no puede resistirse al queso Paraguay, las frutas, los huevos caseros, la sopa para­guaya y el chipa guazú. “Ahí están los ingredientes de lo que somos”, indicó. Y es que el campo no es solo producción, es identidad.
El niño de Choré sigue ahí. “Me siento feliz y orgulloso”, confesó, mien­tras como infidencia contó que vivió en Europa, fue catedrático en Turquía, pero volvió. “Salí del país, aprendí y volví para dar todo ese conocimiento a nuestra gente. Esto para mí es una gran responsabilidad”, concluyó.