• Por Karina Hugo.
  • Especialista en Educación
Una sociedad no pierde su patri­monio cuando derriba un edificio histórico. También lo pierde cuando deja de reconocerlo y cuando las nuevas generaciones pasan frente a él sin conocer la historia que contiene. El deterioro comienza mucho antes de la demolición: empieza con la indiferencia.
Por eso Paraguay necesita nue­vos guardianes del patrimonio. No solamente restauradores, arquitectos o historiadores, sino ciudadanos capa­ces de comprender que el patrimonio no es un inventario de cosas antiguas. Es memoria, identidad y responsabili­dad colectiva frente al futuro.
Asunción es un laboratorio para esta conversación. Su microcen­tro concentra capas históricas que explican la formación del país, pero durante décadas fue tratado más como un problema urbano que como un territorio de memoria. De poco sirve conservar una fachada si nadie sabe qué representa.
El Teatro Municipal ofrece ejem­plo. La celebración de sus 170 años dejó como legado El Libro de Oro del Teatro Municipal de Asunción, una gran obra que tuve el privilegio de investigar, escribir y editar para recuperar parte de su historia. Su distribución gratuita en Feria Palmear permitió que esa memoria llegara a públicos.
Su tapa encierra una metáfora: fue realizada por el joven artista Nicolás González y luego su fotografía del Teatro se convirtió en motivo de un sello del Correo Paraguayo. Una mi­rada joven sobre un edificio histórico terminó convertida en patrimonio na­cional. El pasado vuelve a ser mirado desde el presente.
A las puertas de los 500 años de Asunción, necesitamos convertir la conmemoración en una pregunta: ¿qué memoria queremos transmitir?
El desafío no es solamente conser­var lo que todavía tenemos. Es lograr que una sociedad entera comprenda por qué vale la pena conservarlo. Porque el patrimonio no es solo aquello que recibimos, es aquello que decidimos conocer, valorar y no dejar desaparecer.