• Por Miryan Figueredo Coach
  • CEO de LUXPRO®
“Decidí vos”. El padre lo dijo delante de todo el equipo.
El hijo respiró, dio su respuesta y, apenas terminó de hablar, el fun­dador agregó: “Bueno… yo haría otra cosa”.
Nadie dijo nada, pero todos en­tendieron quién seguía mandando.
Hace un tiempo vi esta escena dentro de una empresa familiar. El padre llevaba décadas constru­yendo el negocio. Había trabajado, arriesgado, perdido y vuelto a empezar. Ahora quería que su hijo continuara la empresa. Y realmen­te creía que le estaba dando su lu­gar. El problema era que no podía dejar de intervenir.
Si un colaborador tenía una duda, iba al padre. Si aparecía un problema importante, él lo resol­vía. Si el hijo proponía un cam­bio, aparecía esa frase que tantas empresas familiares conocen: “Esto siempre se hizo así”. Hasta que surgió una pregunta incómo­da: ¿Querés que tu hijo continúe la empresa o querés que continúe tu manera de hacer la empresa?
Hubo silencio. Porque transfe­rir una empresa no es solamente entregar un cargo, acciones o una oficina. También hay que entregar algo mucho más difícil: poder para decidir, permiso para equivocarse y espacio para construir autori­dad. A partir de allí trabajamos una regla muy concreta: cuando el equipo consultara al fundador sobre decisiones que ya correspon­dían al hijo, su respuesta debía ser: “Preguntale a él”.
Parece pequeño. No lo fue. Cada vez que el padre hacía eso, dejaba de ser un poco más indispensa­ble. Y cada vez que el hijo decidía, empezaba a convertirse realmente en líder.
Quizás ese sea uno de los mayores desafíos del fundador: comprender que cuidar su legado no significa conseguir que su hijo haga todo igual que él. A veces, el verdadero legado comienza cuan­do uno se anima a soltar.