• Por Stella Guillén.
  • Presidenta de la Agencia Financiera de Desarrollo
La banca de desarrollo no puede ser entendida únicamen­te como una fuente de recursos. Su verdadero valor está en crear condiciones para que el sistema financiero pueda llegar más lejos, asumir nuevos desafíos y acompa­ñar proyectos que necesitan plazo, confianza e innovación.
Hace 21 años, la AFD nació con el propósito de ser un aliado del sistema financiero paraguayo y contribuir a fortalecerlo. En sus primeros años, uno de los impac­tos más visibles estuvo en el acceso a la vivienda, pero ese fue solo el inicio de un camino que se fue ampliando.
Hoy la AFD no es solamente cré­dito, ni vivienda. Es una banca de desarrollo que pone a disposición del sistema financiero un conjunto de herramientas para financiar mejor y llegar a nuevos segmentos, gestionar mejor el riesgo, financiar proyectos de largo plazo e incorpo­rar innovación y sostenibilidad.
Ese conjunto de herramientas tiene tres grandes dimensiones. La primera, son las líneas de crédito, que permiten acompañar secto­res emergentes o segmentos que enfrentan barreras de acceso, ofre­ciendo condiciones adecuadas de plazo, fondeo y estructura financie­ra. La segunda, son las garantías. La tercera, son los fideicomisos, que permiten estructurar solucio­nes financieras más a medida para determinados sectores, proyectos o segmentos.
En estos años, la AFD ha cana­lizado más de USD 6.182 millones mediante créditos y garantías, a través de entidades financieras. Más de 151.000 personas y empre­sas fueron beneficiadas por la ban­ca pública de desarrollo. Pero más importante que la cifra es lo que representa: familias que accedie­ron a una vivienda, empresas que pudieron sostener empleos, em­prendedores que dieron un paso más e industrias que encontraron condiciones para invertir.
Para responder a todo eso, la banca de desarrollo también debe evolucionar. Debe escuchar, adaptarse y trabajar de cerca con el sistema financiero, el sector públi­co, el sector privado y los actores productivos.