Alexandra Cortese, MSc en Comunicación Corporativa y Reputación.
03/10/2026 10:01
El superpoder que crea tu realidad
Alexandra Cortese
MSc en Comunicación Corporativa y Reputación
“Me tengo que ir a trabajar.” “No voy a poder ir.” “No tengo tiempo.” “Soy así.”
Estas y muchas otras frases son parte de nuestras conversaciones cotidianas y muchas veces ni siquiera nos damos cuenta. Algunas veces reflejan nuestro sentir real y otras las decimos como excusa ante algo que queremos o no queremos hacer. Pero, sea cual fuera la situación, hay algo que olvidamos: mientras las decimos, también nos las estamos diciendo a nosotros mismos.
La palabra crea realidad, mucho más de lo que somos conscientes, y refuerza la manera en que pensamos sobre nosotros mismos, nuestras posibilidades y las decisiones que tomamos. Y esto no es solamente una idea filosófica. La psicología lleva años estudiando cómo el lenguaje funciona como un marco que puede modificar la manera en que interpretamos una situación y, en consecuencia, cómo actuamos frente a ella. Una revisión reciente de décadas de investigación sobre framing encontró justamente que la forma en que formulamos un mensaje puede influir en cómo pensamos, sentimos y actuamos.
En una serie de estudios, investigadores compararon el efecto de decir “I can’t” —“no puedo”— frente a “I don’t” —“no lo hago”— cuando las personas tenían que resistir una tentación o mantenerse alineadas con un objetivo. El segundo lenguaje produjo mejores resultados en varias de las pruebas y estuvo asociado a una mayor sensación de poder y control personal.
Parece una diferencia mínima. Pero pensemos en cómo cambia nuestra percepción decir “No puedo ir porque tengo trabajo” versus “Decidí priorizar el trabajo.” En la primera frase, la situación parece estar fuera de nuestro control. En la segunda, tenemos una elección.
Muchas veces usamos el lenguaje de la imposibilidad como una forma práctica de justificar nuestras decisiones. “No puedo”, “no tengo tiempo”, “tengo que”. Son frases cómodas porque nos quitan el peso de elegir y de enfrentar los costos de nuestras decisiones sin saber que nos están quitando algo mucho más importante: nuestra agencia o nuestra capacidad de elegir.
Otro ejemplo: “esta semana no puedo entrenar porque tengo muchísimo trabajo”. Dicho una vez, ok, estás priorizando tu trabajo por esa semana, pero dicho de forma reiterada resulta en “yo nunca tengo tiempo para entrenar porque trabajo mucho”. La primera habla de un contexto posible. La segunda empieza a construir una realidad. Y así, casi sin darnos cuenta, una frase puede convertirse en una creencia. La creencia puede influir en nuestro comportamiento. Y el comportamiento, repetido suficientes veces, puede terminar pareciéndose mucho a nuestra realidad.
Y esto sucede no porque las palabras tengan poderes mágicos sino porque el lenguaje con el que describimos nuestras posibilidades también puede convertirse en el marco desde el cual decidimos qué es posible para nosotros. Por eso quizás valga la pena prestar un poco más de atención a las palabras que usamos cuando hablamos de nuestra propia vida.
¿Cuántas veces decimos “tengo que” cuando en realidad estamos eligiendo? ¿Cuántas veces decimos “no puedo” cuando lo que realmente queremos decir es “no quiero priorizarlo”? ¿Cuántas veces decimos “no tengo tiempo” cuando, en realidad, estamos diciendo “esto no está entre mis prioridades”? ¿Cuántas veces decimos “soy así” cuando en realidad estamos hablando de un hábito que todavía no hemos cambiado?
Y, sobre todo, ¿cuántas decisiones estamos dejando de tomar porque nuestra propia manera de hablar ya decidió por nosotros?
Vivir la vida que soñamos empieza por algo mucho más sencillo de lo que pensamos: escuchar las palabras que repetimos todos los días y preguntarnos si realmente describen nuestra realidad… o si, de a poco, la están construyendo. Porque lograr lo que queremos no se trata de hacer cambios bruscos, empezar cambiando una frase es más que suficiente.
