Christian Kennedy, director de London Import.
14/09/2026 10:01
La necesaria incomodidad de los nuevos hábitos en las empresas
Christian Kennedy
Director de London Import
“Necesitamos un cambio cultural”. La frase aparece dentro de las empresas, en gremios, en reuniones técnicas o políticas, o simplemente en la reflexión de alguien que ve algo distinto, algo, en su visión, mejor. Puede venir cargada de esperanza, frustración, miedos y sueños.
También suele traer incomodidad. Todo hábito nuevo incomoda: altera rutinas, relaciones de poder, formas conocidas de decidir o de medir resultados. Obliga a las personas a salir de un terreno que conocen. Esa incomodidad no siempre indica que el cambio esté mal planteado; muchas veces es la señal de que algo realmente empieza a moverse.
En The Rational Optimist, Matt Ridley escribe que “the cultural horse comes before the genetic cart”: el caballo cultural va delante del carro genético. Primero cambian ciertas prácticas dentro de una sociedad y, con el tiempo, la genética puede adaptarse a esa realidad.
En una empresa, la analogía sirve si entendemos que primero deben cambiar las condiciones que determinan qué conductas pueden prosperar. Lo que la organización permite, premia, corrige y repite termina formando hábitos. La premisa siempre es, la culura es lo que permitimos. Con tiempo y consistencia, esos hábitos dejan de sentirse como una iniciativa y pasan a ser la forma en que se hacen las cosas.
Antes de implementar nuevos hábitos, conviene entender los sistemas internos que sostienen la cultura actual: reglas explícitas e implícitas, poderes reales, puntos de dolor y personas que perciben que tienen algo que perder. Las personas no cambian porque “el jefe” quiere. Cambian cuando encuentran razones para hacerlo, aun cuando el proceso les resulte incómodo: estatus, poder, seguridad, libertad, beneficios económicos o pertenencia.
Edgar Schein explica que los líderes moldean cultura a través de aquello a lo que prestan atención, cómo reaccionan ante las crisis, qué conductas modelan, qué recompensan y a quiénes promueven o separan. Ahí las personas entienden qué tiene espacio dentro de una organización y cómo crecer en las mismas.
Cuando la supervivencia a largo plazo requiere cambiar (y siempre lo requiere de alguna manera) existen dos caminos: cambiar las formas de actuar o cambiar a las personas que insisten en sostener las anteriores, que ya no se alinean al futuro esperado.
Algunos pilares para ese proceso:
- Actuar y no solo anunciar: Hechos, no palabras. Los líderes deben demostrar en decisiones concretas que algo cambió.
- Claridad en las expectativas: Decir qué se espera, cómo se mide y qué conductas representan el nuevo camino.
- Revisar lo que se tolera: Si conductas contrarias a los nuevos principios ganan espacio, el cambio pierde fuerza. Las organizaciones perfeccionan más rápido lo ya conocido que las nuevas alternativas; esa eficiencia puede volverse rigidez.
- Las personas correctas, en el puesto correcto: Quieren. Entienden. Pueden.
- Mover a la mayoría: El cambio puede empezar arriba, pero se vuelve cultura cuando llega a los equipos y a las decisiones cotidianas.
La incomodidad de los nuevos hábitos es parte del recorrido. Con coherencia y repetición, lo que hoy exige un esfuerzo consciente puede convertirse en una nueva forma natural de trabajar, permitiendo a todos cosechar los frutos de la nueva forma de operar.
“Nada grande surge de golpe; tampoco un racimo de uvas o un higo. Primero debe florecer, luego dar fruto y finalmente madurar.”— Epicteto, Disertaciones, I.15
