Por: Gabriela Teasdale
Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
En las últimas semanas decidí desacelerar el ritmo. En cuestión de días me tocó acompañar a varios amigos y colegas en su partida, una despedida muchas veces sorpresiva que llega sin avisar. Detenerme a pensar en lo frágil que es la existencia me trajo a la memoria una metáfora muy sencilla que me enseñó un empresario argentino hace unos meses. Él tomó una servilleta de papel, la cortó en diez pedacitos, hizo diez bolitas y me explicó que cada una representaba diez años de una vida centenaria.
Acordamos que el promedio de vida de un ser humano ronda los ochenta años, por lo que de entrada retiramos dos bolitas. Luego me preguntó qué probabilidades existen de llegar con buena salud mental y física a esa edad. Al depender del estilo de vida, los hábitos cotidianos, las enfermedades de base y la genética, tuvimos que descartar otra bolita más. Quedaron siete. Al mirar lo que resta y contrastarlo con la edad actual, resulta inevitable sentir un impacto al tomar conciencia de lo efímero que es nuestro paso por la tierra. Todo depende de Dios, pero este ejercicio nos invita a despertar.
Pasamos los días corriendo detrás de metas que se desvanecen, perdiendo energía en lugares y con personas donde ni siquiera queremos estar, olvidándonos de nosotros mismos y de los seres más importantes. Hace poco vi con mis hijos la película Hoppers, donde la protagonista pasaba tiempo con su abuela junto a una laguna en medio del bosque. La anciana la invitaba a cerrar los ojos y simplemente escuchar la naturaleza. Al hacer ese ejercicio, la pequeña olvidaba sus angustias para conectarse con su paz interior y con lo simple. Y traigo esto a alusión porque fácilmente nos privamos de tener estos momentos y espacios para reconocer quiénes somos y para prepararnos para lo que sigue. Quienes tenemos fe sabemos que hay algo más allá, pero el ruido cotidiano nos impide fortalecer lo que vivirá por siempre. Solo en el silencio y en la inmensidad de la naturaleza conectamos con nuestra verdad.
Enfrentar la pérdida no es fácil. Duele el desapego, duele ver partir a alguien joven de manera inesperada o el sufrimiento detrás de una enfermedad. Esos momentos nos llenan de interrogantes sobre lo que pudo haber sido. En medio de esos pensamientos resuena la célebre frase del recordado comunicador Charles González Palisa, quien nos insistía aquello de dar “en vida, hermano, en vida”. Esperamos demasiado, postergamos los afectos y dejamos para mañana el crecimiento personal, la llamada al amigo o la presencia con el ser querido. Mañana puede ser tarde porque todo cambia en un segundo.
Precisamente porque todo puede cambiar en un segundo, mi invitación a través de esta nota es a que te reconozcas como un ser valioso, lleno de potencial y al mismo tiempo frágil. Solo desde esa conciencia podemos empezar a vivir con verdadera intencionalidad. Ahora antes de terminar, te dejo la gran pregunta; cuántas bolitas te sobran para empezar a tomar acción y vaciarte. Disfrutá de una salida con tu pareja, animate a hacer algo distinto, divertite con tus hijos creando recuerdos felices, visitá a un enfermo o compartí un mate con tus seres queridos que ya están grandes. Sentate a contemplar el silencio, trabajá intensamente en tu alma, invertí en tu paz y entregate desde el amor a lo que te toca vivir.
