José Vicente Troya
Representante Residente del PNUD en Paraguay
América Latina y el Caribe están en un momento clave. Después de años de progresos, el desarrollo humano muestra señales de desaceleración en un contexto cada vez más incierto, con cambios tecnológicos que avanzan rápido y el impacto del clima cada vez más presente.
Este contexto ha sido abordado por el Informe Regional de Desarrollo Humano “Bajo Presión” lanzado recientemente en Paraguay, el cual hace énfasis en la importancia de la resiliencia, y deja un mensaje muy claro: seguir haciendo lo mismo ya no alcanza.
Hoy la incertidumbre es parte del día a día. En este escenario, la resiliencia se vuelve central. No se trata solo de reaccionar cuando hay problemas, se trata de tener capacidad para anticiparse, adaptarse y salir adelante sin que eso implique retroceder en bienestar.
Este enfoque pone en el centro a las personas y tiene como un aliado clave al sector privado. El desarrollo humano resiliente no es solo una tarea del Estado: está directamente conectado con cómo las empresas toman decisiones, invierten y se preparan para el futuro.
El informe señala tres ámbitos donde esto se vuelve fundamental: infraestructura, instrumentos y tecnología. Y en Paraguay, esto ya se está viendo. La expansión de la conectividad digital por parte de empresas, por ejemplo, permitió que muchos comercios y mipymes sigan operando, amplíen sus mercados y se adapten mejor en momentos difíciles. Lo mismo pasa con el sistema financiero, que fue generando más opciones de crédito, servicios digitales y herramientas más flexibles para que pequeñas y medianas empresas puedan sostenerse y seguir creciendo.
Estos avances muestran algo clave: el sector privado en Paraguay ya está jugando un rol importante en la construcción de resiliencia. Empresas que apuestan por innovar, por mejorar sus procesos, hacerlos más sostenibles y por pensar en el largo plazo, están mejor preparadas para enfrentar crisis. Y, al mismo tiempo, ayudan a generar sostener empleos decentes, mover las economías locales y reducir vulnerabilidades.
El desafío ahora es consolidar y escalar lo que ya funciona. Pensar la resiliencia como parte central del negocio: gestionar mejor los riesgos, avanzar en transformación digital de manera inclusiva y adaptarse a una economía cada vez más exigente en términos ambientales.
Al mismo tiempo, la resiliencia no se construye en solitario. Requiere trabajo conjunto entre el Estado, el sector privado y la sociedad civil para responder mejor a un entorno cada vez más complejo.
En tiempos como estos, la resiliencia no es un lujo: es lo que permite sostener lo logrado y evitar retrocesos. Ajustar hoy nuestras decisiones es, en definitiva, la clave para no ir hacia atrás mañana.