Bruno Felix
Profesor de FDC, Brasil
Linkedin: Bruno Felix
Existe un momento frecuente en toda trayectoria profesional en el que aquello que llevó al éxito deja de funcionar. Es cuando el analista brillante necesita convertirse en líder, el especialista técnico debe aprender a comunicar ideas complejas de manera simple o quien obtenía resultados individualmente pasa a depender del desempeño de otros.
En esas transiciones aparecen nuevas exigencias. Sin embargo, el mayor obstáculo rara vez es aprender habilidades distintas. El problema suele ser abandonar las anteriores. Muchas veces esas capacidades dejan de ser simples herramientas y pasan a formar parte de la identidad personal. No solo representan algo que hacemos bien, sino algo que creemos que define quiénes somos. Por eso cambiar puede sentirse como una traición.
El caso de una ejecutiva encargada de recuperar una empresa de transporte ilustra esta situación. Los resultados eran excelentes: la compañía volvió a crecer, recuperó rentabilidad y reorganizó sus operaciones. Aun así, mantenía tensiones permanentes con el presidente del consejo. El problema no estaba en los números, sino en la forma de comunicarse.
Mientras el presidente impulsaba un liderazgo más inspirador y cercano, ella seguía aferrada al estilo que siempre le había funcionado: datos, planillas detalladas y argumentos técnicos rigurosos. Cualquier apelación emocional le parecía manipulación. Su postura resultaba auténtica, aunque también rígida.
Ese dilema es común en las transiciones de carrera. Muchas personas interpretan el desarrollo de nuevas competencias como una amenaza a su integridad y terminan creando una falsa elección entre autenticidad y eficacia.
Esa interpretación suele apoyarse en tres ideas muy difundidas. La primera sostiene que ser auténtico significa ser fiel a uno mismo. Pero surge una pregunta inevitable: ¿a cuál versión de uno mismo? ¿A la del pasado, a la actual o a aquella en la que todavía nos estamos convirtiendo?
La segunda asocia autenticidad con sinceridad absoluta: decir exactamente lo que pensamos. Sin embargo, toda comunicación eficaz requiere adaptación al público. Ajustar la forma del mensaje no implica necesariamente alterar su contenido.
La tercera vincula autenticidad con fidelidad a los propios valores. Los valores son fundamentales, pero muchas veces se confunden con hábitos profesionales adquiridos durante la carrera. Lo que funcionó en un contexto puede convertirse en una limitación en otro.
Estas interpretaciones generan una trampa psicológica: la persona cree que debe elegir entre seguir siendo quien siempre fue o convertirse en alguien artificial. Entonces aparecen conductas defensivas. Se insiste en métodos antiguos, se los justifica moralmente y se bloquea el propio desarrollo.
Salir de esa trampa rara vez ocurre solo mediante reflexión. El cambio suele surgir desde la acción. A menudo es necesario probar conductas que inicialmente resultan incómodas o artificiales. Con el tiempo, al actuar de maneras diferentes, ampliamos la forma en que nos vemos y reinterpretamos nuestro rol.
La autenticidad deja así de ser algo fijo para convertirse en un proceso. El origen griego de la palabra authentikós remite justamente a la idea de ser autor de uno mismo. No se trata de conservar una identidad inmutable, sino de participar activamente en la construcción de quienes estamos llegando a ser.
Ser auténtico no significa permanecer igual. Significa seguir siendo el autor de la propia transformación