Christian Kennedy
Director de London Import
¿Quién puede debatir con un éxito demostrado? ¿Quién puede negar que algo funcionó si se ven sus frutos? Si una convicción, un modelo o una idea, junto con su forma de ejecutarla, dio resultados, entonces la pregunta parece inevitable: ¿por qué cambiar?
¿Y quién puede siquiera atreverse a proponer un cambio sin tener el mismo historial que aquel a quien quiere corregir?
Pregúntenle a Kodak, BlackBerry, Yahoo, Nokia, MySpace, Blockbuster y a tantas otras cómo les va hoy. Algunas siguen existiendo, otras apenas sobreviven frente a lo que fueron, pero ya no ocupan el lugar que alguna vez tuvieron. ¿Entonces?
“Strong beliefs, loosely held”. Las creencias fuertes son más que válidas. Muchas veces se sostienen en experiencia real, en años de ejecución y en resultados concretos. Son fuente de estabilidad, criterio y dirección. El problema no está en tenerlas, sino en aferrarse a las mismas por ego o miedo.
Todo lo que alguna vez fue innovador, disruptivo y osado, con el tiempo puede transformarse en conservador, continuista y prudente. Lo que ayer rompía moldes, mañana puede convertirse en el molde.
Nada es permanente, excepto el cambio. Sin importar cuánto tiempo lleve o qué tan profundo sea, el cambio es inevitable. Está en la naturaleza del universo, del planeta, de las civilizaciones, de las empresas y de las personas. A veces ocurre rápido y sus efectos son visibles de inmediato. Otras veces se mueve lentamente, casi en silencio, hasta que al mirar hacia atrás ya resulta imposible negar que todo cambió.
La velocidad y la profundidad necesarias para cambiar dependerán de la situación. Una organización puede decidir transformarse antes de que sea indispensable, anticipándose a lo que viene. O puede verse forzada a reaccionar cuando cambiar ya no es una opción estratégica, sino una condición de supervivencia. La verdadera pregunta es desde qué lugar queremos observar esos escenarios: desde la anticipación o desde la urgencia.
Por eso, tener creencias fuertes no debería implicar cerrarse. Debería implicar, justamente, contar con la madurez suficiente para ponerlas a prueba. No para abandonarlas ante cualquier moda, sino para contrastarlas con una realidad que sigue moviéndose.
Tu mejor idea, tratala como una piñata mexicana. Así hermosa como la vez, dale palos y sacá algo mejor, lo que realmente querés.
En la práctica, evitar la rigidez exige disciplina y algunos criterios concretos:
  • Revisar las creencias clave con una frecuencia fija.
  • Hacé doble clic de lo que estás viendo.
  • Dato mata relato. Opinión interna vs. datos confiables.
  • Definir de antemano qué señales obligan a replantear una decisión.
  • Probar cambios en pequeño antes de escalar.
  • Separar el ego de la evidencia: que algo haya funcionado no significa que siga funcionando.
Con todo esto en mente, vale recordar que nuestra realidad, construida a partir de vivencias, experiencia e historia, siempre debe permanecer atenta a nuevas realidades sostenidas por datos consistentes y fuentes confiables. La experiencia importa. El historial importa. Pero ninguno de los dos nos exime de revisar si seguimos leyendo bien el presente.
Las convicciones construyen. La rigidez, en cambio, muchas veces empieza a destruir en silencio. Y, como enseñaba el filosofó estoico Epicteto: “No pretendas que las cosas ocurran como tú quieres, sino desea que ocurran como ocurren, y tu vida fluirá con serenidad”.