Elisa Ferreira Da Costa Perán
Trust Family Office
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En Paraguay existen varios conceptos financieros de los que no se habla con frecuencia. Algunos resultan confusos, otros simplemente los usamos mal. Podríamos hacer un súper masterclass y enumerarlos todos, pero no es el objetivo de esta columna. La idea es otra; que analicemos, que pensemos, que debatamos y que nos animemos a salir de ciertas estructuras mentales que tenemos. Por ello hoy, si queremos establecer un nuevo criterio como inversionistas, hay una pregunta necesaria que debemos hacernos ¿esto es inversión o es especulación?
Hace poco iba en un Uber y el chofer, muy en confianza y seguramente todavía agobiado por lo que había pasado, me contaba que un familiar cercano suyo había sido víctima de una estafa. La promesa que recibió fue una rentabilidad “muy alta” con “muy poco riesgo”. Es algo que escucho más seguido de lo que me gustaría. Y aunque el tema siempre es debatible, hay un factor que suele repetirse y es el desconocimiento.
A veces opinamos sobre esas estafas con cierta superioridad moral. Pero la realidad es que cualquiera puede caer cuando no entiende bien lo que está haciendo. En las inversiones ocurre algo parecido. Cuando manejamos cierto nivel de dinero o creemos haber alcanzado cierto “estatus” financiero, podemos pensar que ya sabemos lo suficiente. Y ahí es donde empieza el riesgo. Porque hay algo que no solemos distinguir: no todo lo que llamamos inversión realmente lo es. Muchas veces usamos “inversión” y “especulación” como si fueran sinónimos. Y no lo son.
Una inversión implica conciencia. Implica entender en qué estamos colocando el dinero, cómo funciona el sistema, de dónde proviene la rentabilidad, cuáles son los riesgos reales y cuál es el plazo. Invertir es saber que el rendimiento esperado está dentro de parámetros razonables de mercado. Es tener claridad sobre el objetivo personal: jubilación, patrimonio, generación de renta, diversificación. Invertir no significa ausencia de riesgo. Significa que el riesgo está medido, comprendido y asumido de forma estratégica.
La especulación, en cambio, parte de una expectativa. De una suposición. De algo que creemos que puede pasar en determinado tiempo por ciertos factores que interpretamos. Pero no lo sabemos con certeza. Muchas veces está asociada a plazos más cortos, decisiones más agresivas y una mayor tolerancia al movimiento de precios. Es, en parte, una apuesta informada… pero apuesta al fin.
Imaginemos dos personas. Marcos quiere empezar a invertir y decide analizar opciones en el mercado internacional. Investiga empresas, revisa balances, estudia el comportamiento histórico de las acciones, observa la distribución de dividendos, analiza liquidez y endeudamiento. Si considera comprar acciones de Apple, no lo hace porque “escuchó que va a subir”, sino porque entiende el negocio, su posicionamiento, su trayectoria y cómo encaja dentro de su estrategia de largo plazo. Su objetivo es su jubilación. Está pensando en décadas, no en semanas. Marcos está invirtiendo.
Antonio, en cambio, también compra acciones de Apple, pero su motivación es distinta. Cree que el lanzamiento de un nuevo producto hará subir el precio en el corto plazo. Su plan es vender apenas vea una ganancia atractiva. Hace movimientos frecuentes, busca oportunidades rápidas, asume más volatilidad y no necesariamente analiza el negocio en profundidad. Puede incluso entrar en empresas nuevas, poco consolidadas o proyectos más riesgosos. Antonio está especulando.
Y aquí viene lo importante: especular no es “malo” en sí mismo. El problema surge cuando creemos que estamos invirtiendo, pero en realidad estamos especulando sin saberlo. O peor aún, cuando creemos que estamos invirtiendo y en realidad estamos frente a algo que ni siquiera encaja en ninguna de las dos categorías… sino que es simplemente una promesa vacía.
La especulación implica jugar con precios, estimaciones y escenarios. Generalmente con mayor riesgo y mayor posibilidad de error. Puede generar rendimientos altos, sí. Pero también pérdidas rápidas. La inversión, en cambio, es más silenciosa. Más paciente. Más estructurada. No promete milagros. Promete proceso.
Tal vez la próxima vez que alguien nos hable de una oportunidad “única”, o cuando nosotros mismos sintamos la tentación de entrar en algo porque “seguro va a subir”, podamos detenernos un momento y hacernos la pregunta correcta: ¿Estoy invirtiendo… o estoy especulando? Y ser honestos con la respuesta, porque entre invertir algo y nada, es mejor algo. Pero, entre invertir con criterio y mover dinero sin entender lo que hacemos hay una diferencia enorme.
