Alexandra Cortese
MSc en Comunicación Corporativa y Reputación
Empezar un año siempre funciona como una invitación a resetear nuestra vida y nuestras decisiones. Nos ponemos de excusa un 01/01 que promete -al menos por unas semanas- que todo puede ser distinto. Planificamos la salida de lo que ya no sirve, listamos lo que sí queremos y, por un tiempo, sentimos la energía de reinventarnos.
Incluso cuando esa sensación se desvanece rápido, el ritual deja algo valioso si sabemos aprovecharlo: un espacio de reflexión. Algo poco habitual en la vorágine del día a día.
Para mí, ese momento no es el 1 de enero. Es el 1 de diciembre. Mi cumpleaños marca el inicio del mes más lindo y caótico del año. Y es ahí cuando aparecen con fuerza las preguntas incómodas: cómo viví este año, qué elegí, qué postergué, en qué me fui perdiendo. Este último diciembre decidí hacerlas de otra manera.
Durante mucho tiempo empecé por las listas de objetivos: lo que voy a lograr, lo que voy a hacer, lo que voy a dejar. Pero hay un nivel anterior -mucho más determinante-que rara vez miré con atención:
¿Qué voy a pensar?¿Qué voy a permitir que ocupe espacio en mi mente?¿Qué voy a elegir?
No creo que sea un error pensar en metas. La oportunidad perdida está en no revisar qué creemos posible elegir y dónde estamos poniendo nuestra atención. Las listas de pendientes dicen poco sobre cómo nos sentimos mientras las cumplimos y, al final, eso es lo que termina definiendo nuestra experiencia.
Premiamos el hacer, el lograr. Pero muchas veces nos encontramos tachando cosas de la lista sin sentir satisfacción real. Y ahí aparece la pregunta incómoda:
¿Esto me hace sentir viva?¿Esto me acerca a estar enamorada de mi vida?
Porque si ese no es el objetivo final, ¿cuál es?
Hay una explicación profunda para esta desconexión entre logros y satisfacción. Muchas veces no elegimos conscientemente. Seguimos caminos que se nos fueron imponiendo de forma sutil. Dejamos de elegir desde nuestra verdad porque, sin darnos cuenta, aprendimos a no hacerlo.
La psicología lo llama indefensión aprendida (learned helplessness): después de repetir experiencias donde sentimos que no tenemos control, internalizamos la idea de que tenemos poca injerencia sobre nuestra vida. Entonces seguimos, cumplimos, respondemos con lo que creemos que “debería” hacernos felices… pero desconectados.
No porque sea lo que queremos. Sino porque olvidamos que hay otra opción.
Antes de pensar qué vas a lograr este año, el ejercicio que te propongo es otro. Preguntarte qué vas a permitir que ocupe tu mente, tu energía y tu foco. Porque ahí está, en verdad, lo que vas a vivir.
La atención no es infinita. Es nuestro recurso más limitado. Y es -más que el tiempo- lo que le da forma a nuestros días.
Y si al final de este 2026 podés decir que estás enamorada de tu vida -no por todo lo que hiciste, sino por cómo elegiste estar mientras lo hacías-, entonces tal vez hayas descubierto cuál es la lista más valiosa: la que refleja tu atención consciente y la libertad de elegir dónde ponerla.