Víctor Pavón
(*) Presidente del Centro de Estudios Sociales (CES)
Desde tiempos remotos se ha tratado explicar el origen del progreso. Una tarea nada fácil. Descubrir la clave para salir de lo que parecía un callejón sin salida -la miseria, las hambrunas y el desempleo- implicaba identificar las verdaderas causas del avance no solo económico, sino también político y cultural.
Al comienzo, varios siglos atrás, se recurrió a explicaciones mágicas provenientes de la naturaleza y de la divinidad. Surgieron los hechiceros y los brujos de antaño, que decían contar con la respuesta y resolución en las que ellos mismos eran los actores.
El misticismo fue durante mucho tiempo la explicación de aquello que venía “del más allá” y resultaba inentendible para la gente común. Por eso, un grupo supuestamente selecto de entendidos se erigió como vocero del futuro. Pero cuando la realidad demostró el fracaso de sus predicciones, los elementos “mágicos” fueron desacreditados.
Luego de esta incesante búsqueda provino otra forma de explicar el progreso. Surgió así un cambio que, por cierto, aun sobrevive. Que el progreso proviene de personas virtuosas o mejor, de aquellas que tienen un carisma especial para llegar a la gente. La prueba también fracasó. Ocurre que no basta con el carisma o la capacidad de aglutinar a gente alrededor para finalmente conformar grupos de privilegios que en el común no tenía y detestaba. Las buenas intenciones no son suficientes.
Paralelamente a esta concepción de ideas, surgió el concepto de que la autoridad por ser sabia podía igualmente dirigir a los demás. Y no interesa si hay excesos. Se consideró que la autoridad debía poner orden porque ninguna sociedad puede sobrevivir y menos progresar en el desorden. Los excesos hicieron fracasar esta práctica.
Con el tiempo, los primeros indicios reales del progreso apuntaron a la necesidad de respetar al individuo en su vida, libertad y propiedad. Se volvió indispensable establecer reglas de juego, o lo que es lo mismo, instituciones en las que todos estemos de acuerdo porque, al final, benefician a la sociedad entera.
El concepto institucional fue probado en la Roma republicana, pero no perduró. Para que las instituciones sobrevivan, es necesario que la ciudadanía esté verdaderamente persuadida de su importancia, aun cuando impliquen sanciones y penas.
Surgió entonces el concepto de igualdad ante la ley, donde la clase social ya no determina nada. Lo que importa es el mérito de hacer lo mejor posible sin dañar a nadie, con disciplina, estudio y trabajo orientados a mejorar las condiciones de vida.
Así, hacia el año 1776, Adam Smith -filósofo moral y fundador de la economía moderna- identificó la clave más importante del progreso: “El esfuerzo natural de cada individuo para mejorar su propia condición en libertad, propiedad, cooperación y sin dañar a otros, es un principio tan poderoso, capaz de vencer todos los obstáculos”.