Gabriela Teasdale
Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
—¿No te pasa que en diciembre todo se acelera? —me dijiste el otro día, mientras mirábamos las luces encenderse en la ciudad.—Sí, y a veces siento que nos perdemos en esa carrera —te respondí—. Entre compras, cenas y listas interminables, olvidamos que la Navidad no es un maratón, sino una pausa. Una invitación a preguntarnos con honestidad: ¿estamos viviendo la vida que vinimos a vivir?
La Navidad tiene esa fuerza: nos detiene, nos sacude, nos recuerda que lo eterno tocó el tiempo. Y en ese instante, Jesús nos mostró que el liderazgo verdadero no se mide en poder, sino en servicio. Fue un antes y un después, no por coronas ni ejércitos, sino por un legado de entrega.—Entonces, ¿qué hacemos con ese ejemplo? —preguntaste.—Creo que la respuesta está en cómo queremos ser recordados —te dije—. No basta con mirar la estrella de Belén; hay que caminar bajo su luz, con propósito.
Y ahí aparece un valor que me desafía cada día: la generosidad. No es fácil, porque nos obliga a salir de nuestro ego, de esa zona cómoda donde pensamos “yo también tengo mis problemas”. Pero cuando damos un paso hacia el otro, descubrimos que la generosidad es la llave que abre la conexión más pura.—¿Y qué significa ser generoso? —me preguntaste con cierta duda.—No es solo dar cosas materiales. Es regalar tiempo, ofrecer una palabra de esperanza, escuchar con paciencia. Es decidir: “Hoy voy a olvidarme un poco de mí, para entregar mi mejor versión a alguien más”. Ese es el verdadero compartir que la Navidad nos enseña. Liderar con generosidad es abrir los ojos al otro, reconocer su necesidad y tender la mano.
Pienso en tantas personas alrededor: quienes enfrentan pérdidas, enfermedades, soledad, o simplemente la falta de recursos. A veces esperan solo un gesto, una mirada que les recuerde que no son invisibles. Y ahí es donde nuestra influencia cobra sentido.
La figura de Jesús nos deja un legado que trasciende el tiempo. Honrar a Dios y su mensaje no consiste en repetir palabras, sino en vivir con propósito. Es multiplicar talentos, abrazar la vida incluso en medio de las dificultades y aprender a guiarnos a nosotros mismos para iluminar el camino de quienes nos rodean.
La Navidad nos recuerda que el Cielo descendió a la Tierra para mostrarnos nuestro potencial. Es un llamado a la acción, no a la contemplación pasiva. No te quedes mirando la cuna, me digo a mí misma. Alza la vista, encontrá al otro y empezá a construir el legado que querés dejar.
—El tiempo corre —me dijiste al final, con un suspiro.—Sí, y la pregunta sigue siendo la misma —te respondí—: ¿qué vamos a hacer con él?

Déjanos tus comentarios en Voiz