Claudio Laterza, CEO de Banco Basa.
03/11/2025 08:58
El efecto Miguel Ángel en la empresa: liderar es esculpir, no administrar
CEO de Banco Basa
El efecto Miguel Ángel describe cómo las personas cercanas influyen en la construcción de la identidad y en la posibilidad de que alguien se acerque a su yo ideal. Miguel Ángel decía que la escultura ya estaba dentro del bloque de mármol, y que el trabajo del escultor era liberar la forma quitando lo que sobraba. En el mundo empresarial ocurre lo mismo: los líderes y las organizaciones tienen en sus manos la capacidad -y la obligación- de liberar lo mejor que sus colaboradores ya llevan dentro. No se trata de imponer moldes, sino de quitar las capas de miedo, mediocridad y rutina que impiden que emerja el talento. Liderar es esculpir, no administrar.
Sin embargo, muchas empresas fallan en este principio. En lugar de cultivar talento auténtico, fomentan entornos de complacencia. Se rodean de colaboradores serviles, cuya principal habilidad no es pensar, cuestionar o innovar, sino adular y obedecer ciegamente, sin criterio. Este comportamiento no solo es nocivo para la cultura organizacional, también es profundamente peligroso para la estrategia: los aduladores silencian problemas, frenan la creatividad y perpetúan la mediocridad.
Pero ellos son solo la mitad del problema, la otra mitad, probablemente la “peor” mitad es responsabilidad de los líderes que promueven este patrón. Líderes inseguros que prefieren la obediencia cómoda en lugar de talento desafiante; que prefieren el halago antes que el cuestionamiento. Pero un líder que tolera o estimula la servidumbre intelectual sacrifica la competitividad de su organización a cambio de un entorno estático, incapaz de responder a la complejidad del mercado, dónde la innovación muere sofocada bajo el peso de la conformidad y dónde la creatividad muere aplastada por el peso de la soberbia del de turno.
El efecto Miguel Ángel negativo ocurre precisamente allí: cuando el liderazgo no libera, sino que limita; cuando en lugar de potenciar el yo ideal de cada persona, lo empuja a convertirse en una versión reducida, pasiva y dócil. Y la responsabilidad es compartida. El colaborador tiene el deber de involucrarse en su propio desarrollo, de asumir el desafío de crecer y demandar un liderazgo que lo fomente. Pero si el entorno le exige sumisión en lugar de excelencia, el talento auténtico terminará por marchitarse o huir.
Un liderazgo estratégico exige decisiones claras: no todos los bloques de mármol pueden esculpirse, y no todos los perfiles encajan en la visión de la empresa. El líder debe tener la lucidez para identificar el potencial real y la firmeza para separar lo que suma de lo que resta. Esa es la verdadera gestión del talento: invertir en quienes tienen materia prima valiosa y dejar ir a quienes no están dispuestos a ser parte del proceso.
En conclusión, el líder tiene la responsabilidad ineludible de provocar el efecto Miguel Ángel positivo: liberar lo mejor de las personas y acercarlas a su máximo potencial. Pero esa tarea no recae solo en el líder; requiere del compromiso activo del colaborador. La estrategia empresarial sólida se construye con equipos que buscan crecer y con líderes que saben esculpir, no con culturas de servilismo ni con estatuas de yeso alrededor del poder. La grandeza de una organización depende de esa simbiosis: líderes que revelan lo mejor y personas dispuestas a mostrarlo.
