Elisa Ferreira Da Costa Perán
Lic. Administración-UNA
Trust Family Office
Recuerdo cuando estaba en la primaria y mis padres me daban G. 1.000 para el recreo en la escuela. Me alcanzaba justo para un mixto, o dos Yes Yes, o incluso dos palitos salados (una delicia). Corría el año 2002, hace no tanto -aunque ya pasaron más de 20 años- y recuerdo mi infancia con mucho cariño. Pero de ese recuerdo quiero rescatar lo más importante: el valor del dinero en el tiempo.
El dinero tiende a valer menos a medida que pasan los días, los meses y los años. En ese entonces, G. 1.000 me alcanzaban para una merienda feliz; hoy, si le damos ese mismo monto a un niño, con suerte alcanza para un chupetín. Y este es, justamente, el concepto de inflación: la pérdida del poder adquisitivo del dinero con el paso del tiempo.
En Paraguay, la inflación del año 2024 fue del 3,8%, y la meta para el 2025 es de 3,5% (con un rango de tolerancia de ±2%). Otro ejemplo son los saldos de las tarjetas de créditos de los bancos y financieras, en el año 2020 había un total aproximado de 2.800,00 mil millones de guaraníes, en la actualidad ha aumentado más del 80% ascendiendo a más de 5.000,00 mil millones de guaraníes.
Desde hace unos años, el salario mínimo mensual se ajusta cada mes de julio, generalmente tomando como referencia la inflación del año anterior. Esto refleja una realidad simple: los precios suben, y necesitamos ganar más que el año anterior solo para mantener el mismo nivel de vida.
Pero, ¿qué ocurre cuando nuestros ingresos no se actualizan en la misma proporción? No me detendré a debatir si el salario mínimo es suficiente o no. Sin embargo, hay algo claro: muchas personas cuentan con ingresos activos o pasivos que, aunque al inicio pueden parecer altos, corren el riesgo de quedarse estancados si no se reajustan. Tal vez en los primeros años no se noten los efectos, pero con el tiempo se vuelven evidentes.
Es ahí donde puede aparecer lo que me gusta llamar “dismorfia financiera”. No es un diagnóstico clínico, pero lo uso para describir a quienes tienen una percepción distorsionada de su situación económica. Alguien que cree que aún vive en abundancia, cuando en realidad su capacidad adquisitiva ha disminuido con los años.
La comodidad de un ingreso fijo puede dar sensación de estabilidad, pero si ese ingreso no crece al ritmo de la inflación, cada año alcanza para menos. Y lo que antes parecía abundancia, con el tiempo se transforma en escasez. No podemos predecir el futuro, pero sí podemos prepararnos. Un paso clave para evitar este sesgo económico personal es simple pero poderoso: nunca dejar de ahorrar.
Alguna vez escuché que la vida es como una rueda: a veces estamos arriba, otras veces abajo. Así también funcionan las finanzas. No sabemos qué momento exacto de nuestra vida estamos viviendo, pero sí podemos aprovecharlo de forma estratégica: no gastando todo lo que entra, sino guardando una parte para ese futuro incierto.

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