Rocío Pont
Directora Operativa de ROW Comms
rocio@rowcomms.com
Djokovic vs. Misolic. Roland Garros 2025. Tercera ronda. Después de un primer set parejo, Misolic arranca el segundo intentando seguir el ritmo. En medio de un punto exigente, se resbala, cae de espaldas y queda cubierto de arcilla. Antes de que alguien intervenga, Djokovic cruza la cancha con una toalla y una botella de agua. Lo ayuda a limpiarse y a volver al partido. El estadio se emociona y aplaude por varios segundos.
Empecé a ver tenis hace unos años sin conocer demasiado. No sabía quiénes eran los favoritos ni entendía del todo las reglas del juego. Y cuando no conocés, ¿por quién alentás? Con el tiempo, me di cuenta de que eran escenas como las de Djokovic las que me hacían sonreír y empatizar con algún jugador. No era solo el nivel de juego lo que llamaba mi atención, sino algo que no se refleja en el marcador: la actitud.
Imaginá que estás en una entrevista de trabajo, o en una primera reunión con un potencial cliente que no te conoce. En ese tiempo, la capacidad técnica se puede demostrar de forma limitada. Entonces, ¿qué marca la diferencia? ¿qué hace que hagas click o no? Lo técnico influye porque es imprescindible, pero, en mi experiencia, rara vez la decisión depende solo del CV o las credenciales. Tiene mucho que ver con la capacidad que tenés de empatizar y generar confianza.
Ya decía Simon Sinek: “No todo lo que importa se puede medir, y no todo lo que se puede medir importa”.Habla incluso, de culturas donde se prefiere a personas de rendimiento medio que generan alta confianza, antes que a la persona de mejor rendimiento que genera desconfianza o impacta negativamente en el equipo. ¿Por qué? Porque saben que, en momentos críticos, la confianza sostiene más que la técnica individual.
Las empresas que solo reconocen logros medibles corren el riesgo de ignorar aquello que mantiene unido al equipo: la actitud, la forma de influir en los demás. Y es ahí donde se define la diferencia entre quienes suman y quienes multiplican.
No conectamos solo con quienes hacen bien lo suyo, sino con quienes nos recuerdan que, incluso en los entornos más exigentes, la forma de actuar deja huella. Empatizamos con quienes, incluso bajo mucha presión, siguen eligiendo la empatía. Y sí, recuerdo cómo terminó el marcador ese día, pero no fue precisamente la victoria de Djokovic lo que me llevó a escribir estas líneas, sino el recordatorio de que, en cualquier cancha, la actitud juega.