Olga Valdez
Directora Operativa de ECO
Este Día del Trabajador me encontré recordando mis primeros años de trabajo. No los que figuran en el currículum, sino los otros: los que no se cuentan porque parecen menores, los que no se escriben porque se piensa que no suman a la experiencia. Y sin embargo, hoy me doy cuenta de que haber hecho de todo, en algún momento, me preparó para hacer bien lo que hoy amo.
Hoy se nos exige especializarnos, encontrar nuestro talento, “nuestra pasión”, y perfeccionarla desde el día uno. Pero también -y a veces al mismo tiempo- nos empujan a hacer mil cosas: trabajar, estudiar, emprender, leer, innovar, tener hobbies productivos, “aprovechar el tiempo”. En ese ruido, a veces se pierde una verdad sencilla: hacer de todo no es una receta, pero puede ser una escuela.

No es multitasking, es tránsito

No creo en el multitasking como modelo. No se puede hacer todo al mismo tiempo y hacerlo bien. Pero sí creo en el tránsito por distintos roles, oficios y etapas. Porque, a veces, hacer cosas que no son lo nuestro -pero que necesitamos, o que la vida nos presenta- nos da herramientas que después usamos de formas inesperadas.
No todas las tareas que hicimos nos definen. Pero muchas de ellas nos forman. A veces nos dan fuerza. Otras veces, perspectiva. Y muchas veces nos enseñan a valorar el trabajo de los demás, a entender cómo funciona el mundo más allá de nuestra zona de confort.
No hay un camino correcto. Pero para algunas personas, el camino hacia lo que aman hacer está lleno de estaciones: trabajos temporales, roles de apoyo, tareas invisibles. En mi caso, haber pasado por ahí me dio una base emocional y mental que todavía uso todos los días.
Haber sido muchas cosas antes de dedicarme a la comunicación me dio herramientas blandas que hoy son mis fuertes: entender, adaptarme, resolver. No porque esas experiencias fueran fáciles, sino porque dejaron huella.

El valor de lo que no se cuenta

No todo lo que sabemos hacer está en el currículum. Hay habilidades que se aprenden al borde del cansancio, al ayudar a otros, al hacer lo que hay que hacer sin que nadie mire. Y esas también valen. No para presumirlas, sino para reconocer que nos hicieron más completos.
No hay que hacer de todo para validarse. No es un mandato. Pero si alguna vez la vida te llevó a hacerlo, no lo escondas. Porque a veces eso que parecía un “mientras tanto” era, sin que supieras, parte del entrenamiento para lo que venía.