Christian Kennedy
Director de London Import
Según el libro “Quién comió la prima ostra” de Cody Cassidy, sobre “los pioneros” detrás de las mayores invenciones de la historia, la domesticación del caballo ocurrió hace aproximadamente 5.600 años. No se sabe con exactitud quien, pero desde acá se construye algo que revolucionó a la humanidad.
La domesticación de los caballos, realmente, no era todavía para poder montarlos, sino para poder usarlos de alimento (carne y leche), considerando que los mismos podían pastar inclusive cuando los campos estaban cubiertos de nieve, cosa que otros animales domesticados no podían hacer. Esto aseguraba alimento.
Estos primeros caballos domesticados, según evidencias disponibles, no eran utilizados para montarlos, probablemente porque no tenían como controlarlos, porque no hay evidencias de sillas de montar, estribos, y mucho menos cabezada con frenos, rienda, etc. Sin manera de controlar los caballos, probablemente no habrán faltado intentos fallidos (duros aprendizajes con lesiones o peores consecuencias inclusive), pero nada más que por adrenalina y show que algo realmente práctico que permitió transporte a mayores distancias en menor tiempo, sea para producción, conquista, entretenimiento, etc., incorporando velocidad y resistencia.
Entonces, ¿cómo logramos transportarnos de manera más veloz de lo que nuestra humanidad nos permitía? La idea de montar el caballo seguro existía, la velocidad y aguante del caballo estaban comprobadas, pero en ningún caso, manejadas. La respuesta es, justamente, el freno: todo lo contrario a lo que se busca (velocidad del caballo) uno pensaría. Con el freno, el caballo puede ser empujado a alcanzar grandes velocidades, llevado por el rumbo deseado y poder corregir el rumbo en caso de necesidad o tener que volver. Todo esto por tener un freno. En pocas palabras, la invención del freno, que también es guía, permitió explotar la máxima velocidad del caballo.
Entonces, extrapolemos esto a los negocios.
Más allá que hay emprendedores o empresarios que siempre se están jugando al todo o nada, “montando un caballo a pelo”, la mayoría de las empresas que buscan subsistir requieren desarrollar sistemas, procesos y otros elementos que le permitan alcanzar la máxima velocidad posible de una manera sustentable.
Mayormente, no se avanza lento por prudencia, sino por miedo.
¿Qué pasaría si ponemos esto acá y perdemos todo lo construído? ¿Qué pasa si arriesgamos de más? Nada es seguro, pero tener sistemas de frenos y riendas, nos permiten explorar la velocidad máxima donde nos sentímos más seguros.
En el pensamiento estratégico se usa mucho las consecuencias de primer, segundo y tercer orden para tomar decisiones.
Para poder explotar de manera positiva la consecuencia de primer orden que buscamos en la empresa, que podría ser una línea nueva de productos que nos daría crecimiento en ventas en el corto plazo, debemos pensar en lo que pasaría en el segundo orden y tercer orden.
Un plan previo nos indica donde sí podemos “lanzarnos a galopar” y donde no. Entender que si cabalgamos por caminos nuevos, tener claro qué hacer y cómo corregir rumbo en casos de encontrarnos con terreno que ponga en riesgo extremo nuestra integridad.
Este pensamiento estratégico indica que, para poder acelerar, debemos previamente definir caminos, sistemas, métricas de éxito y fracaso que nos guíen a un crecimiento sostenible, dandonos las riendas del negocio, para que también, el caballo (la empresa) y el jinete (equipo) sepan las reglas del juego y por ende, liberar el crecimiento.
“¿Qué pasa ahora?” es una distinta pregunta de “¿Qué voy a hacer ahora?” – Seth Godin