A veces, los grandes vinos no surgen de generaciones de tradición, sino de un giro inesperado del destino. Así nació la Bodega Dal Borgo, una joya familiar enclavada en Animaná, Salta, a tan solo 8 kilómetros de Cafayate y a 1.700 metros de altura. Allí, el vino se convirtió en el lazo que unió a una familia que no tenía raíces vitivinícolas, pero sí una pasión común por la tierra.
Todo comenzó cuandoSergio Dal Borgo, empresario de la construcción, sufrió un problema de salud que lo llevó a replantearse la vida. En vez de frenar, apostó por empezar de nuevo. Compró tierras en Animaná y convocó a sus tres hijos, Facundo, agrónomo; Carla, bióloga; y Daniela, profesora de yoga, para dar vida a un proyecto que los reuniera: una bodega.
“Mi papá sabía que necesitábamos algo que nos entusiasme a todos. El vino nos encontró, porque amamos la naturaleza y los cerros minerales que rodean esta zona”, cuenta Carla, la voz visible del emprendimiento.
En 2010, comenzaron plantando 20 hectáreas de viña con la idea de vender uva. Pero en 2016 decidieron embotellar su propia historia. Un año después, nacía la primera cosecha de Torrontés, Malbec y Sauvignon Blanc.
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Hoy, Dal Borgo produce más de 35.000 botellas anuales, con etiquetas que ya suman premios y elogios. La línea Almandino, nombrada por su madre geóloga en honor a un mineral regional, es una oda al entorno. Su blend 2019, 75% malbec, 15% tannat y 10% cabernet franc, es una joya reconocida en Mendoza.
Pero el camino no ha sido fácil. En 2020, un granizo arrasó la cosecha. “Lloramos una semana, procesamos la otra, y en la tercera volvimos a trabajar. Así es el campo”, resume Carla con sabiduría de bodega.
Hoy, Dal Borgo es mucho más que vino. Es hospitalidad, es paisaje, es el relato de una familia que, cuando todo cambió, se aferró al horizonte… y brindó. Porque como dicen ellos: “cuando renegamos mucho, descorchamos una botella y todo vuelve a su cauce”. Y así, copa a copa, siguen escribiendo su historia bajo el cielo salteño.