Gabriela Teasdale
Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
En los últimos tres años me vi obligada a manejar situaciones que pusieron al límite mis pensamientos y emociones. Mi cuñado murió repentinamente tras sufrir un ACV, a mi hija la operaron de un tumor en el cerebro, a mi hermano le diagnosticaron un problema neurológico y un primo, muy cercano, murió a causa de un infarto.
Viví momentos de mucha angustia, de mucha incertidumbre, que me dejaron con la sensación de estar “en llamas todo el tiempo”, permanentemente en “knockout”, como fuera de combate. Fue entonces cuando empecé a buscar herramientas y hábitos que me ayudaran a estar mejor.
La vida, una y otra vez me desafiaba y no podía dejarme vencer, más aún cuando desde mi rol de mentora de líderes y especialista en manejo de emociones, aconsejo a otros a no darse por vencidos. En esa búsqueda me di cuenta de que me sentía mejor cuando buscaba lo bueno de cada día. Empecé a abrazar la gratitud.
A pesar de sentir muchas veces que el mundo se me venía encima, me animaba a agradecer por cada pequeño y gran detalle de mi día a día. Esa intencionalidad me llevó a tomar acción. Escogí un pequeño frasco al que llamé el “frasco de la gratitud”, lo puse encima de mi escritorio y me propuse llenarlo cada mañana con un mensaje que exprese esa gratitud.
Puede parecer un ejercicio pueril pero de verdad que no lo es. Me obligaba a ponerme en “modo positivo” y pensar en esas cosas lindas de la vida que tal vez había dejado pasar, agobiada por las dificultades del momento.
A veces escribía cosas simples, como “disfruté de mi café mañanero” o “salí a dar un lindo paseo con mi mamá y mi perro” y otras más profundas, como cuando mi hija se recuperó rápidamente de su intervención o mi hermano emprendió una lucha incansable para mejorar o mi familia se fundió como una roca para enfrentar todas esas adversidades que nos tocó afrontar.
El dolor por la partida física o las angustias que nos generan determinadas situaciones puede permanecer ahí, pero la actitud, los pensamientos y la fe pueden fortalecerse por el simple hecho de escribir esas notas diarias. Yo, para evitar caer en una espiral de pensamientos negativos mientras continúo mi proceso de sanación, mantengo la práctica de “estar agradecida por lo que puedo hacer para no concentrarme en lo que no puedo hacer”.
La gratitud fomenta la resiliencia y entrena nuestro cerebro para centrarse en lo positivo. Cuando estamos agradecidos, nos sentimos bien. Y cuando nos sentimos bien, es más fácil cambiar y crecer, independientemente de dónde nos encontremos hoy. La gratitud nos permite mirar lo que tenemos y sentir abundancia.
La neurociencia nos dice que la gratitud mejora nuestro estado de ánimo al aumentar la producción de dopamina y serotonina. Activa áreas del cerebro relacionadas con la toma de decisiones y la empatía, y reduce las hormonas del estrés como el cortisol, favoreciendo la calma y un mejor sueño. También disminuye los síntomas de depresión y ansiedad.
La vida siempre nos presenta situaciones desafiantes, en las que un día podemos estar en la cima de la montaña y al minuto, caer al vacío. Y es importante no quedarnos atrapados en un sesgo de negatividad.
Afortunadamente, la gratitud es como un músculo que podemos desarrollar. Siempre existirá al menos algo pequeño que apreciar incluso en el día más sombrío y te aseguro que eso puede tener beneficios muy reales.
¿Has pensado en las cosas por las cuales te sentís agradecido? ¿Te animás a empezar el día con una actitud más positiva? ¿Qué pondrías en tu “frasco de gratitud”? Te invito a emular mi ejercicio porque estoy segura de que al final del día, el balance te va a reconfortar.