Gabriela Rojas Teasdale
Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
Hoy quiero compartirles la historia de Miguel, un hombre que emigró al país hace aproximadamente veinte años, al que le encantaba pasar tiempo en la iglesia; simpático, con una gran sonrisa y genuina amabilidad que hacía que todos se acercaran a él, pero que con el paso de los años fue apagándose poco a poco.
Miguel perdió la ilusión, dejó de cultivar su interior. La frustración lo consumió, hasta el punto que nada le agradaba, se quejaba constantemente de sus compañeros de trabajo e incluso en cualquier conversación con amigos terminaba haciendo comentarios poco constructivos. Fue alejándose de todo y de todos, su alto nivel de toxicidad afectó su entorno hasta que finalmente decidió volver a su país, su decisión pudo no ser la correcta y aunque él no lo quiera reconocer, su comportamiento negativo lo seguirá acompañando hasta el día que decida enfrentarse a sí mismo, al dolor, al vacío y al enojo que existe dentro suyo.
No dimensionar o tomar conciencia de lo que sucede dentro de nosotros puede terminar afectando nuestro actuar convirtiéndonos en personas conflictivas o tóxicas. Es necesario un poco de humildad para tomar impulso, pedir ayuda y trabajar en eso que nos cuesta, que nos duele y que obviamente debemos sanar.
Una persona tóxica es alguien que regularmente muestra acciones y comportamientos que lastiman a otros o que tienen un impacto negativo en la vida de las personas que lo rodean. Una persona tóxica es aquella con fuertes golpes internos.
Por supuesto, hay una diferencia entre ser tóxico y actuar como tóxico. La primera es cuando está arraigada a nuestra personalidad y disfrutamos activamente lastimando a los demás; la segunda corresponde a aspectos de nuestro comportamiento. A veces, sin saberlo, estos comportamientos pueden apoderarse de nosotros.
La buena noticia es que, con un poco de autorreflexión, intencionalidad y trabajo podemos transformar estos hábitos y erradicarlos para convertirnos en mejores personas.
Ciertas características o rasgos tóxicos de muchas personas salen a la luz de manera sutil. Es posible que no los reconozcamos inmediatamente dentro de la relación. Analicemos algunos de ellos:
1. Negatividad: Ven el mundo como frío, cruel y malvado. Es posible que se quejen con frecuencia, arruinen la diversión o debiliten el ánimo de las personas con comentarios pesimistas.
2. Sarcasmo: Utiliza la ironía para burlarse o transmitir desprecio; no es necesariamente divertido cuando se está en el lado receptor. Duele.
3. Egocentrismo: Se centra en sus deseos por encima de las necesidades de otras personas.
4. Arrogancia: Cree que es más inteligente y más importante que otros. Trata a los demás de manera grosera o condescendiente.
5. Impulsividad: Toma decisiones precipitadas basadas en la emoción. Carece de autocontrol y no mide las consecuencias de sus actos.
Debemos ser capaces de proteger nuestros pensamientos, emociones y actitudes para que estos comportamientos tóxicos no dañen nuestra energía y esencia. También reconocer e identificar si existen algunos de estos rasgos en nosotros mismos, por ahí sin darnos cuenta estamos dañando relaciones importantes.
La vida nos quiere ver construyendo relaciones sólidas desde nuestra propia fuerza interior. No dejemos que nuestra luz se apague por culpa de frustraciones personales que no somos capaces de resolver.
Para Miguel, una buena alternativa hubiese sido ordenar la casa y no salir huyendo de ella. Optar por la valentía para enfrentarse incluso a él mismo.