Marcelo Codas Frontanilla
En Twitter: @CodasMarcelo
En la actualidad, las personas llegan a los ochenta y más años con mucha vitalidad, lo cual debe ser tenido en cuenta en las empresas familiares en las que, en esta situación pueden llegar a convivir hasta tres generaciones, lo que implica la necesidad de crear el ambiente para una armónica convivencia de las mismas.
La nueva longevidad no es vivir más, sino vivir mejor, vivir diferente, vivir plenos, partícipes e integrados y mucho de ello depende de nuestro estilo de vida, nuestros proyectos y nuestra actitud (Diego Bernardini).
Un empresario decía estoy llegando a la edad de la jubilación, pero estoy en mi mejor momento. Otro empresario mencionaba: Estoy descubriendo que hay cosas que hacía a los veinte años que todavía me gusta hacer y que aprendí a hacerlas mucho mejor y más sintéticamente que a los veinte.
Estas afirmaciones son claras y contundentes, en cuanto a las posibilidades que tiene una persona de 60 o más años de seguir aportando a la empresa. Ahora bien, claramente, su aporte debe ser desde un lugar diferente al que lo hizo toda la vida.
En cualquier actividad es fundamental contar con dos elementos: la experiencia y la juventud. La empresa familiar posee ambos. La experiencia trae necesariamente sabiduría y la juventud implica vitalidad, empuje. La amalgama de ambas es por demás interesante.
Coincido con Manuel Bermejo, cuando expresa: “Creo firmemente en la colaboración multigeneracional como base de la continuidad de la empresa familiar. Los viejos paradigmas de la sucesión que emulaba las luchas en las manadas de leones donde era uno el que, tras voraz batalla, eliminaba al resto de aspirantes deben ser superados. Antes al contrario, del trabajo y la comunicación entre generaciones se van a crear las mejores condiciones para robustecer el legado de la familia”.
Ahora bien, la riqueza generacional con que cuentan las empresas familiares, que es una fortaleza, podría también convertirse en una debilidad si los integrantes de cada generación se encierran en sus respectivas posiciones y no respetan ni valoran las opiniones de los de los integrantes de las generaciones diferentes a la suya.
En consecuencia, un valor fundamental para la coexistencia armónica de las generaciones es el respeto, primero a la persona y en segundo lugar a las ideas y a lo que cada uno puede aportar.
Sobre la base del respeto, debe llevarse adelante un proceso que permita que cada generación pueda aportar lo mejor para que la empresa pueda continuar en el tiempo cada vez más fuerte y robusta para beneficio, no solo de la familia sino de la comunidad