Por Gabriela Teasdale
Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
@gabyteasdale
Una mezcla de tristeza, confusion e impotencia se notaba en la mirada de Sofía cuando me contaba que su hija de 12 años había sido víctima de acoso escolar. Ella asistía a una clase integrada por un grupo pequeño de chicos, donde solo siete eran niñas. Una de estas niñas fue la que inició los ataques: burlas, comentarios, cartas y mensajes de texto hirientes, pero eso no fue todo, ya que también logró convencer a las otras cinco de formar parte del hostigamiento. Fue un “todas contra una” que se extendió por varios meses y luego de llantos, ausencias a clases y la visita a un psicólogo, Valentina le imploró a su mamá que la cambie de colegio.
Cuando escuché esta historia pensé inmediatamente en la niña agresora. Y en sus padres. Pensé en lo que pudo haber recibido en su casa, lo que escuchó, lo que vio y repitió. ¿Qué pudo haber llevado a esta niña a buscar la división, la destrucción de su grupo, a estar llena de ira, de dudas e inseguridades, a hacer tanto daño? ¿Qué habría en su interior? ¿Qué recibió y dejó de recibir? ¿En qué momento se contaminó? ¿Qué le dolió tanto para elegir esa actitud?
Elegir la violencia o aquello que daña a los otros puede ser consecuencia de todo lo que uno absorbe por parte de amigos, del entorno, pero sobre todo, de la influencia familiar. Todos los casos son diferentes. Lo importante es reconocer el rol que tenemos los padres en la vida de nuestros hijos. Ante hijos conflictivos, nos toca también hacer un autoanálisis como padres y reflexionar sobre todo aquello que estamos haciendo bien o mal.
No se trata de ser padres perfectos, se trata de ser padres efectivos. Imaginemos que un día tendremos la posibilidad de entregar a nuestros hijos un cofre. Ese cofre representa todo lo que hicimos y dimos a cada uno de ellos desde el embarazo, nacimiento, la infancia, adolescencia… todos los días hasta el día de hoy. Todo lo bueno, todo lo malo, lo justo e injusto, lo que dolió y lo que generó alegrías. Este cofre puede estar cargado de momentos compartidos, largas ausencias, diálogos eternos y significativos o gritos, maltratos y heridas profundas. Dentro pueden estar todos los “te quiero” o todos los “no tengo tiempo para vos ahora”.
Pueden estar tus buenos ejemplos, el trato que le das a tu esposa/o, el amor al prójimo, tu calma y sabiduría al solucionar los problemas o el descontrol emocional, la agresión y el egoísmo. Pueden estar las críticas y amenazas o la confianza y fe que les tienes a tus hijos.
Los padres muchas veces cometemos errores porque damos aquello que sabemos y tenemos. No nos entregan un manual de instrucciones para padres y la mayoría de las veces repetimos patrones que son parte de nuestro pasado y de nuestra propia experiencia. Por lo general repetimos todo aquello que no nos gustó de nuestros propios padres porque no tuvimos la oportunidad de sanar y comprender que podían existir caminos y formas diferentes.
Como padres, nuestra responsabilidad es enorme y el desafío es más aún porque los hijos son resultado de lo que pasa en casa, de lo que ven y reciben. Somos el espejo donde ellos se ven. Por eso, quiero pedirte que te observes y observes el cofre que vas a entregar a cada uno de tus hijos.
¿Cómo es? ¿Qué contiene? ¿Qué le falta? Hacer este ejercicio tiene mucho valor porque nos da la oportunidad de mejorar y definir aquello que queremos entregar a nuestros hijos. También nos ayuda a entender el porqué de muchas de nuestras acciones. Cuando nuestros hijos no perciben que el cofre que reciben es suficiente salen a buscar lo que falta en otros lugares, personas, relaciones… y actúan de manera disfuncional.
Cuando nos concentramos en llenar ese cofre de manera efectiva sabiendo que vamos a entregárselo a las personas más importantes de nuestras vidas nos volvemos más conscientes sobre cómo queremos ser y hacer las cosas, porque nos mueve el deseo de trascender como familia.
Enfoquemonos en invertir tiempo y esfuerzo para dejar riqueza de amor y valores a nuestros hijos. Porque es seguro que ellos van a expandir y multiplicar todo lo que recibieron.